En cuanto llegan los días de calor de mayo, la hierba de los descampados, parques y caminos de Madrid empieza a secarse y se llena de espigas. Para nosotros son solo hierbajos, pero las espigas en perros son una de las consultas más frecuentes en primavera y principio de verano: se enganchan al pelo, se cuelan en el oído, la nariz o entre los dedos y, si no se retiran a tiempo, pueden avanzar dentro del cuerpo y causar problemas serios. Te contamos dónde se meten, cómo reconocerlas y qué puedes hacer para evitarlas.
Qué son las espigas y por qué son tan peligrosas
Las espigas son las cabezas de semillas de algunas gramíneas silvestres, como la cebadilla que crece en solares, cunetas y bordes de caminos. Mientras están verdes son blandas, pero cuando se secan se vuelven duras, puntiagudas y quedan cubiertas de pequeñas barbas orientadas hacia atrás, como un arpón.
Ese diseño es lo que las hace peligrosas: la espiga solo puede avanzar en un sentido. Cada movimiento del perro —al andar, al rascarse, al respirar o al masticar— la empuja un poco más hacia dentro y nunca hacia fuera. Por eso una espiga que hoy está en la entrada del oído o entre dos dedos puede, días después, estar en el fondo del conducto auditivo o haber atravesado la piel. En casos poco frecuentes pero graves, pueden llegar al pulmón, al tórax o al abdomen y provocar abscesos e infecciones difíciles de tratar.
Cualquier perro puede sufrirlas, pero tienen más riesgo los perros de pelo largo u ondulado, los de orejas caídas (cocker, spaniel, setter, golden), los perros de caza y los que corren y olfatean por zonas de hierba alta. Los gatos que salen al exterior también pueden tenerlas, aunque con menos frecuencia.
Dónde se meten y qué síntomas vas a ver
Los signos aparecen de forma brusca, a menudo durante el paseo o poco después, y suelen afectar a un solo lado. Según la zona:
- Oído: es la localización más habitual. El perro sacude la cabeza de repente y con insistencia, la inclina hacia un lado, se rasca la oreja, se queja al tocarla o la lleva caída. Con los días puede aparecer mal olor o secreción, y la espiga puede llegar a perforar el tímpano.
- Nariz: estornudos violentos y repetidos que empiezan de golpe, el perro se frota el hocico con las patas o contra el suelo y a veces sangra un poco por una sola fosa nasal. Si se deja, el estornudo puede calmarse, pero aparece una secreción nasal crónica por ese lado.
- Entre los dedos: lamido insistente de una pata, cojera, un bultito rojo o una pequeña herida que supura entre los dedos. Es típico que «se cure» y vuelva a abrirse una y otra vez.
- Ojos: el perro guiña o cierra un ojo, lagrimea mucho, se lo frota y a menudo asoma el tercer párpado. Las espigas suelen esconderse detrás de este párpado, donde no se ven a simple vista.
- Piel: un bulto doloroso, un absceso o una fístula que drena líquido, sobre todo en axilas, ingles, cuello o costados. El perro puede lamerse o morderse la zona.
- Genitales: lamido constante del prepucio o la vulva, secreción o inflamación. También puede haber molestias al orinar.
- Boca y garganta: arcadas, tos, babeo o dificultad para tragar después de comer hierba o mordisquear espigas.
Por qué no conviene esperar
Es tentador pensar que el perro «ya se la sacará solo» o esperar a ver si mañana está mejor. Con las espigas no funciona así. Como solo avanzan hacia dentro, cuanto antes se busquen, más fácil es encontrarlas y más sencilla es la extracción. A las pocas horas, una espiga en el oído o en la nariz suele estar todavía accesible; días después puede haberse rodeado de pus, estar en zonas profundas o haber salido de la vista.
Tampoco sirve tratar solo los síntomas. Un antibiótico o unas gotas pueden aliviar unos días, pero si la espiga sigue dentro la infección vuelve, y mientras tanto ella sigue migrando. Las espigas, además, son vegetales y no se ven en las radiografías, así que el diagnóstico se basa en la historia, la exploración y, a menudo, en técnicas como el otoscopio, la rinoscopia o la ecografía.
Si notas cualquiera de los signos anteriores tras un paseo por zonas con hierba seca, pide cita en el día. Ve a urgencias si hay dolor intenso, un ojo cerrado, sangrado nasal, tos o dificultad para respirar, o si el perro está decaído o con fiebre.
Qué hacer y qué no hacer en casa
Lo que sí puedes hacer:
- Retirar las espigas que estén sueltas en el pelo o apenas enganchadas en la superficie, sin clavar.
- Mantener al perro tranquilo e impedir que se rasque o se frote con fuerza, porque eso la empuja más.
- Fijarte bien en el lado afectado y en cuándo empezaron los síntomas: ayuda mucho al veterinario.
- Acudir a la clínica lo antes posible, aunque los síntomas parezcan haberse calmado.
Lo que no debes hacer:
- No intentes sacar con pinzas una espiga clavada en el oído, la nariz o el ojo. Es fácil romperla y dejar un trozo dentro, o empujarla más al fondo, y el perro puede moverse y hacerse daño.
- No pongas gotas en el oído sin que lo haya revisado el veterinario: si la espiga ha perforado el tímpano, algunos productos pueden dañar el oído medio.
- No uses bastoncillos en el oído ni lavados nasales caseros.
- No le des medicamentos de uso humano ni antibióticos que tengas en casa: pueden ser tóxicos y, además, enmascaran el problema sin resolverlo.
En la consulta, la exploración del oído o de la nariz con el perro despierto a menudo no es posible por el dolor, así que es frecuente que haga falta una sedación para buscar y extraer la espiga con seguridad y revisar si hay alguna más.
Prevención: el mejor tratamiento
No hay ninguna vacuna ni producto que proteja frente a las espigas, pero unos hábitos sencillos reducen mucho el riesgo durante la temporada, que en Madrid va aproximadamente de finales de abril o mayo hasta bien entrado el verano:
- Revisa a tu perro después de cada paseo, sobre todo si ha pasado por campo o descampados: orejas por dentro y por fuera, entre los dedos y las almohadillas, axilas, ingles, cuello, hocico y alrededor de los ojos. Pasa la mano a contrapelo para notarlas.
- Cepíllale con frecuencia en primavera y verano, especialmente si tiene el pelo largo.
- Corta el pelo de las patas (entre los dedos y alrededor de las almohadillas) y el de la entrada de las orejas. No hace falta raparlo entero: basta con que esas zonas queden despejadas.
- Evita las zonas de hierba alta y seca: solares, cunetas, bordes de caminos y parques sin segar. Elige caminos limpios, zonas regadas o césped cortado.
- En perros de caza o muy activos en el campo, hay protectores para orejas y patas que pueden ayudar en salidas puntuales.
- Si tienes jardín, siega antes de que la hierba se seque y forme espigas.
Las espigas son solo uno de los riesgos del buen tiempo; conviene tener a mano unas nociones básicas de primeros auxilios para mascotas para cualquier imprevisto en el campo.
Para saber más
Si te interesa ver cómo enfoca un veterinario estos casos, en nuestra sección de tests clínicos tienes casos sobre una espiga en la nariz del perro, una espiga escondida en el ojo y la cojera aguda por problemas en el pie. Están pensados para profesionales, pero ilustran bien por qué no conviene esperar.
Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de tu veterinario. Si sospechas que tu perro tiene una espiga, acude a la clínica cuanto antes.